Los Estados divididos de Hysteria (Howard Chaykin). Un juego de transgresión evidente
La decadencia de un imperio se puede percibir con el grado de autocrítica de sus súbditos y esta, a su vez, se refleja de forma muy evidente gracias la cultura popular. Un ejemplo claro ocurre con el cómic de superhéroes. Si en la década dorada de Marvel y DC los héroes eran los guías espirituales de toda una generación de jóvenes, la crisis del capitalismo de los 80 hizo virar la visión de tales valores, dando lugar a que, por ejemplo, Alan Moore escribiese Watchmen; una obra en la que se pone en tela de juicio la moral estadounidenses que se inculcaba a través de las viñetas. Los personajes mitológicos de nuestra era, que tiempo atrás se erigían como los garantes de la libertad y la seguridad, eran bajados de los pedestales mostrando un lado lleno de patetismo e inmoralidad. E incluso tales dioses que un día salvaban a la humanidad de los peligros terrenales y espirituales acababan siendo conscientes de que realmente servían a un capitalismo cada vez más feroz.
En nuestros días seguimos cuestionándonos tales valores como por ejemplo con The Boys (Garth Ennnis y Darick Robertson) o esta obra del historietista Howard Chaykin de la que aquí trataremos: Los Estados Divididos de Hysteria (2018).
Una historia manida si consideramos que sigue los mismos preceptos de El escuadrón suicida o 12 del patíbulo -ya saben, un gobierno que recluta a criminales para acabar con una amenaza mucho mayor-, pero esta vez tratándose de un contexto en el que Estados Unidos se encuentra sitiado por una amenaza real de terrorismo generalizado, y, para combatirlo, se cuenta con un elenco de "despojos sociales" con un talento innato para matar: un certero tirador afroamericano, una asesina transexual, y dos psicópatas más sin escrúpulos, al mando de un agente de la CIA degradado por su ineptitud, cuya misión será salvar lo poco que queda de stablishment en un país cada vez más decadente e histérico.
Nos encontramos ante una obra coral, con un ritmo bastante frenético y con saltos en la historia que obligan a mantener la atención si se busca una buena comprensión. Cabe mencionar la magnífica combinación entre un dibujo bastante recargado, sucio y caótico con la línea del argumento. Por otro lado, no deja de ser llamativo su intento de mostrar la transgresión de una forma evidente, resaltando las escenas de sexo y violencia extrema.
En definitiva, recomendable para pasar un buen rato y un idóneo termómetro para medir el calentón político de la sociedad de EEUU Aunque, si me permiten, existen mejores historias que expresan mejor la decadencia del Gigante.



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